Miércoles 20/09/2017. Actualizado 11:30h

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Mónaco

La princesa Carolina de Hannover testifica a favor de su marido

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Cumplió con su promesa y defendió, a solas y ante la justicia, la honorabilidad de su marido Ernesto Augusto de Hannover, frente a las acusaciones de que agredió brutalmente y borracho a Josef Brunlehner, propietario de una discoteca en Kenia, molesto por la música. "Le dio dos bofetones, con la mano plana. Y le dijo: una por la música, la otra por las luces", declaró la Princesa ante la Audiencia de Hildesheim (centro de Alemania), en contra de los rumores de que cancelaría su visita tras el revuelo por las fotos de su esposo besándose con una desconocida en una playa tailandesa. Con el rostro grave, pero serena, sin dejar que se le aproximaran los medios ni que se la fotografiara en la sala como testigo, la princesa relató, en inglés, tras alguna frase de saludo en alemán, lo ocurrido en lo que para ella y su esposo fue un incidente menor, aunque la presunta víctima lo relate como una paliza en toda regla.

 

FOTOGRAFÍA: IPAPRESS

Los hechos se remotan a diez años atrás, en enero de 2000, cuando la pareja llevaba un año de casada, en la idílica isla de Lamu. Por los hechos se condenó en 2004 al Príncipe al pago de 445.000 euros, al declarársele culpable de lesiones físicas e insultos. Las imágenes de su presunta víctima, Josef Brunlehner, ensangrentado en una clínica de Mombasa, dieron la vuelta al mundo, aunque la pareja afirmase que se trató de una pura escenificación.

La comparecencia de la Princesa en el juicio, abierto tras pedir el Príncipe la revisión del caso, se perfilaba de por sí mediática. Los rumores del inminente divorcio de Carolina de su tercer marido desembocaron en un gran despliegue de cámaras. La Princesa había impuesto como condición un cordón de distancia con los medios de tres metros, en la Audiencia, y de veinte, en el exterior del recinto. Las decenas de fotógrafos y cámaras de televisión concentrados en la sala fueron desalojados minutos antes de que accediera a su interior la testigo.

Hildesheim, una ciudad de provincias a 30 kilómetros de Hannover -la capital de Baja Sajonia, cuna de la Casa de los Güelfos a la que Ernesto Augusto debe el título-, y de 103.000 habitantes había amanecido hoy a diez grados bajo cero, bajo una espesa capa de nieve, como el resto del país. Ni la provincialidad de la cita ni el frío amedrentaron a la Princesa, acostumbrada a las citas con tribunales -en general, para defender su esfera privada de los paparazzi- y también a capear situaciones familiares no siempre felices.

Se dice que su matrimonio con Ernesto Augusto está al borde del divorcio. Sería el tercero tras del final abrupto de su primera experiencia conyugal con el playboy Philippe Junot -dos años después de casarse-, y de la muerte de su segundo marido, Stéfano Casiraghi, en accidente motonáutico. A Carolina, de 52 años, y Ernesto Augusto, de 55, no se les ve juntos desde junio, en que asistieron a un torneo de equitación en Mónaco. Hoy tampoco se dio la oportunidad, puesto que de acuerdo a lo previsto el Príncipe no estuvo en la vista, a la que sólo acudió a su apertura, en junio de 2009.

Carolina respondió a la citación como testigo "por voluntad propia", recalcó el abogado de Ernesto Augusto, Hans Wolfgang Euler, y con el aplomo de quien ha superado cosas peores que el escándalo por las fotos de los chapuzones de su marido con una desconocida, identificada hoy por el popular "Bild" como la marroquí Myriam I., una empresaria originaria de Marrakesh, que estudió en la Ecole de Commerce de París. Relató el incidente de enero de 2000 como un "encuentro casual", a pie de playa. Su marido no capitaneó ningún comando justiciero de vecinos furiosos, como pretende el propietario de la discoteca.

No iba borracho, como ha sostenido Brunlehner -tampoco presente hoy- y le dio ese par de sopapos a un individuo que, según la Princesa, no era popular en la isla, puesto que su discoteca molestaba tanto a residentes vacacionales como a la población local. Tras declarar durante dos horas, Carolina abandonó la sala cubierta con el abrigo de color canela sobre su pantalón y jersey negros, con el rostro serio y sin mirar hacia el auditorio.

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