Sábado 21/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

La vuelta del rey

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El heredero ha transmitido una formidable impresión de solidez personal y de solvencia intelectual, en los pocos actos protagonizados durante la ausencia de su padre.

Cuando, en enero de 1983, don Juan Carlos sufrió un grave accidente de esquí en la estación suiza de Gstaad, y tuvo que ser trasladado a España en avión-ambulancia, le recibió en Barajas, a pie de pista, Sabino Fernández Campo. Contemplando al monarca en la camilla, el entonces secretario general de la Casa no puedo menos que exclamar: “Majestad, un rey no puede verse así, a menos que vuelva de las cruzadas”.

Verdad es que el monarca se ha visto envuelto en numerosos episodios médicos, de los que han dado cumplida cuenta estos días los medios de comunicación, incluidas hospitalizaciones. Pero la última operación, de un nódulo en el pulmón, ha venido acompañada de sensaciones nuevas. Quizá por lo inesperado de la intervención, después de que tras un chequeo se anunciara que todo estaba bien, o tal vez por el fantasma del tumor canceroso. Pero pienso que sobre todo se ha debido a que, sin que nadie se haya atrevido a expresarlo verbalmente, ha aparecido en el horizonte de los españoles la incógnita de un relevo en la Jefatura del Estado antes de lo que se estaba calculando.

Al final, todo ha salido bien, don Juan Carlos salió definitivamente el viernes de su condición de convaleciente en vigilancia médica, y ya está de vuelta a casa y a su despacho. Aunque, de nuevo, con una salida a la calle no demasiado cálida, en el sentido de que, igual que ocurrió cuando abandonó el Clínic, nadie de la familia le acompañaba en ese momento. Los españoles estamos acostumbrados a que uno o varios familiares estén junto a quienes salen de un hospital. El rey apareció demasiado solo. Y eso tenían que haberlo previsto, y remediarlo en su caso, quienes se ocupan de la imagen de la Casa.

Falta de claridad

No ha sido una semana tranquila del todo para las personas que trabajan en La Zarzuela, ocupados, por ejemplo, en frenar cualquier exceso valorativo tras el acontecimiento de que el príncipe de Asturias presidiera, en lugar de su padre, la cena de gala en el Palacio Real a los asistentes a la cumbre Europa-América. El mensaje que se lanzaba era: no se ha producido ningún relevo, el rey sigue operativo, no hay sustitución.

Para remacharlo, don Juan Carlos ha firmado estos días desde Barcelona algunos decretos leyes, y así ha constado en el propio Boletín Oficial del Estado, donde se reseñaba expresamente la Ciudad Condal como lugar de la rúbrica.

Pero algo menos listos han estado esta vez, los cerebros de La Zarzuela, en los menesteres de la comunicación. Si se diseñó una espléndida operación de imagen el día en que el rey fue intervenido, y lo mismo durante los posteriores, en que permaneció en el Clínic, a partir de su salida se extendió un tupido velo de silencio, que propició preguntas como las siguientes: ¿Dónde está el rey? ¿Es que hay complicaciones hospitalarias? ¿Pasa algo que no nos quieren decir?

Poco a poco se fue sabiendo que seguía en Barcelona, que había vuelto a ‘su’ clínica, la Clínica Planas, donde se encontraba internado. No estaba en la residencia real de Pedralbes, que sí fue utilizada alguna noche por doña Sofía en los días de la operación, ni tampoco en un hotel de lujo. Y, también con cuentagotas, se habló de que se dedicaba a ejercicios de recuperación pulmonar habituales en ese tipo de dolencia. Pienso que no había motivos de seguridad claros para empeñarse en el silencio.

A consecuencia de esa opacidad, durante la semana llegaron a circular en los medios nacionales rumores alarmistas. Y hasta hubo alguna televisión que empezó a preparar informativos especiales. Es lo que pasa cuando se apaga la luz sin motivo.

Un heredero preparado

Aunque desde la Casa la consigna sea minimizar la sustitución, lo cierto es que a los ojos de los españoles ha llegado el mensaje de que hay relevo. Lo cual tendría que aportar cierta tranquilidad a quienes quieren preocuparse por qué pasará ese día en que don Juan Carlos falte, que alguna vez tendrá que llegar.

Otra vez, el heredero ha transmitido una formidable impresión de solidez personal y de solvencia intelectual, en los pocos actos protagonizados durante la ausencia de su padre. Así lo vieron los mandatarios europeos y americanos, aunque para la mayoría de estos últimos no ha sido una sorpresa porque casi todos conocen al príncipe Felipe desde hace tiempo.

De todas formas, y para despejar incógnitas, todo indica que el relevo definitivo, el cambio en la Jefatura del Estado, va a tardar un tiempo. No se detecta en don Juan Carlos ninguna voluntad de abandonar antes de tiempo, quizá porque sigue pensando que los tiempos no están ya para hacer probatinas.

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