Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

La tiara de Franco y la princesa Letizia

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Con ocasión de la entronización de Guillermo Alejandro, nuevo rey de Holanda, se armó cierto revuelo por aquí a propósito de la princesa Letizia y de la tiara que lució en la cena de gala, la víspera de la coronación.

Algunos pusieron el énfasis en que se trata de la pieza que Franco regaló a doña Sofía con motivo de su boda de Atenas con don Juan Carlos, que, según ellos, fue la que llevó la reina ese día.

Por fin se aclaró que no, que la diadema que portó doña Sofía era la de estilo helénico regalo del káiser Guillermo II y de la emperatriz Victoria Augusta a su única hija, la princesa Victoria Luisa de Prusia, con motivo de su boda con el príncipe Ernesto de Hannover en mayo de 1913.

La que regaló Franco es una joya 'convertible' que puede transformarse en diadema, collar o broche, y es también la que lució la infanta Cristina el día de su enlace con Iñaki Urdangarín en Barcelona, en 1997.

A propósito de tal revuelo, me gustaría apuntar alguna cosa. La primera que, cuando ya han pasado 38 años de su muerte, va siendo hora de no acogerse al recuerdo de Franco y de lo que hizo, no hizo o regaló, y mucho menos para invalidarlo. Conviene pasar esa página.

En segundo lugar, que parece superfluo querer ver mensajes ocultos e intencionalidades soterradas, y menos aún relacionándolo con el 'caso Urdangarín' y sus derivadas, en el hecho de que Letizia utilizara la tiara que llevó la infanta Cristina. Más bien parece que no las hay.

Y en tercer lugar, ante quien se empeñó en criticar que luciera una joya así, recurriendo incluso al argumento de las graves dificultades económicas de este país y de muchísimos españoles, es oportuno precisar que la utilización de la tiara es lo protocolario en estas cenas por parte de los miembros de casas reales. Y así lo hicieron también con las restantes damas presentes en el banquete. Es el protocolo.

Por añadir algo más. La tiara 'española' no era, ni la más llamativa que se vio esa noche, ni la más cara.

Una última reflexión. ¡Y a mí que me parece bien que los príncipes, en este caso la princesa, den la talla cuando asisten a celebraciones públicas de ese estilo! También en porte y estilo.

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