Martes 21/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Una infanta en Washington

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El puesto que ocupa la Infanta en la línea sucesoria no hace necesaria su presencia permanente en España ni esa sucesión corre peligro porque la hija del Rey se pasee de incógnito por el Memorial de Jefferson.

Si hace años tuvimos un Rey en Nueva York y, más recientemente, un Príncipe en Georgetown, ahora vamos a tener una Infanta en Nueva York. Las voces en uno u otro sentido no se han hecho esperar, incluso se ha señalado el malestar de doña Cristina porque sus hijos "se han enterado por la prensa".

El cambio de residencia de los duques de Palma, que abandonan Pedralbes para instalarse, dicen, en un barrio exclusivo de la capital de los Estados Unidos, forma parte de la normalidad con la que tiene que vivir y desenvolverse la Familia Real. Además, el puesto que ocupa la Infanta en la línea sucesoria no hace necesaria su presencia permanente en España ni esa sucesión corre peligro porque la hija del Rey se pasee de incógnito por el Memorial de Jefferson.

Las razones aducidas -trabajo de Iñaki Urdangarín en la Telefónica- son perfectamente comprensibles. Es muy positivo que las Infantas, que, en principio, no van a ocupar un puesto relevante más allá de su estatus actual, tengan su propia vida y hasta su propia forma de ganarse esa vida lo menos dependientemente posible de los Presupuestos Generales del Estado.

Otra cosa muy diferente, y ahí cada uno es muy libre de pensar lo que quiera, son las razones o las causas por las que el Duque de Palma es llamado para desempeñar ciertos puestos en grandes empresas, pero como eso no pasa de las simples elucubraciones de algunos, lo único que cabe pedir es la máxima transparencia en todas estas operaciones de traslado.

Y, transparencias al margen, hay que decir que el día en el que la vida de los miembros de la Familia Real sin altas responsabilidades de Estado no sea noticia con una cierta carga de morbo o con retranca de segundo tiempo, todos habremos ganado mucho porque querrá decir que la Institución está arraigada y con el arraigo que tiene que tener lejos de la anécdota más o menos feliz contada por alguien más o menos interesado, más o menos anti o más menos cargado de rencor.

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