Sábado 21/07/2018. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Las cosas que me contó Sabino Fernández Campo

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La desaparición de Sabino Fernández Campo se llevará a la tumba, nunca mejor dicho, una parte de los grandes secretos de la transición española. Él había comentado más de una vez que, como ejercicio y terapia, a veces se dedicaba a escribir recuerdos, pero luego rompía los papeles, y en trozos pequeñísimos para que fuera imposible componerlos.

No obstante, tengo para mí que, pasado un poco de tiempo, algunos saldrán a la luz. Aunque sólo sea porque, aun sin escribirlas, él habrá contado muchas cosas a su mujer, María Teresa Álvarez, y quizá ella sí quiera darlas a conocer. Sobre todo las que tienen que ver con las vicisitudes de la estancia de Sabino en La Zarzuela, la tormentosa y amarga salida, y su relación con la Familia Real estos últimos años de un cierto olvido. No ha pasado inadvertido el hecho de que, durante estos días finales hospitalizado, le fue a visitar doña Sofía, pero no el rey ni los príncipes.

El ex jefe de la Casa del Rey afirmaba que lo que podía contar no tenía interés, y que lo que tenía interés no lo podía contar. Pero, sin faltar al deber de discreción, lo cierto es que cuando se charlaba con él siempre surgía alguna novedad reseñable, aportaba un dato desconocido…

Me viene ahora al recuerdo dos cosas que, en una de esas conversaciones, me contó. La primera tiene que ver con el 23-F. Sabino Fernández Campo tuvo, durante bastante tiempo, una pesadilla. Soñaba que los golpistas llegaban hasta La Zarzuela con sus carros de combate, y que don Juan Carlos les recibía diciendo: “¡Menos mal que habéis llegado, porque Sabino me tiene secuestrado!”. En ese momento, uno de los militares sacaba la pistola y le disparaba en el pecho. El dolor del impacto le despertaba, y entonces se daba cuenta de que se trataba de un mal sueño.

La segunda hace relación al noviazgo que mantuvo Felipe de Borbón con la noruega Eva Sannum. El príncipe había comprobado que existían enormes resistencias a que esa relación se consolidara, y decidió consultar a un selecto grupo de personas, uno de ellos Sabino Fernández Campo, para preguntarles qué opinaban. Sabino no contestó directamente, sino que, por así decirlo, le contó una “parábola”.

Le relató que, siendo soldado durante la guerra civil, cuando se producía un intercambio de disparos él se escondía detrás de una roca para no ser alcanzado. Sin embargo, le enviaron a la academia de transformación, de la que salió alférez, y le dieron el mando de una sección. Se dio entonces cuenta de que los soldados estaban pendientes de él y de que ya no podía esconderse: no podía hacer lo que quisiera porque otros dependían de él. “¿Me entiende, Alteza?”, concluyó.

Contó otras cosas, evidentemente. Pero pidió reserva y discreción.

Con Sabino Fernández Campo desaparece un servidor del Estado, un custodio de la monarquía, un demócrata, un gran español, una buena persona y un amigo.

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