Viernes 24/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Vilallonga y los matrimonios morganáticos

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Es curioso cómo cambia la opinión de ciertas personas a lo largo de su vida. Cómo eligen, en cada momento, el sol con el que quieren calentarse.

Es curioso cómo cambia la opinión de ciertas personas a lo largo de su vida. Cómo eligen, en cada momento, el sol con el que quieren calentarse, cómo la vejez –salvo en el arte— acaba por traicionar a uno mismo. En 1973, José Luis de Vilallonga –uno de los grandes escritores olvidados del siglo XX— afirmaba lo siguiente en el libro entrevista al que se sometió. Preguntado a propósito de una hipotética entronización de Don Alfonso de Borbón, Duque de Cádiz, como Rey de España, respondía:   -          ‘En ese caso, sus sucesores –que lo serían también de Luis XIV— se apellidarían Borbón y Martínez. El comienzo de una gran farsa. Personalmente, no me veo inclinando la rodilla—incluso con el sombrero puesto*—delante de esa Señorita Martínez convertida en reina. Me volvería, definitiva y agresivamente, republicano. Tenga en cuenta que si Don Alfonso llegara a ser rey, aquello podría durar un cierto tiempo. Tendría tras de él a la clase media española, que se sentiría identificada por entero con su nueva soberana (la gente es muy imbécil, ya sabes), y también a los banqueros, a los hombres de negocios y, naturalmente, al Opus Dei, esa masonería de castrados todopoderosa en lo financiero y tan influyente, a su manera, como la vieja masonería del abuelo’   Salvando el gesto de desprecio por los gustos populares españoles y el hecho de que los señores no inclinan rodilla alguna al besar la mano de la Reina, he aquí un extracto del artículo del Marqués de Castellbell fechado el 10 de Noviembre de 2003 y publicado en La Vanguardia:   ‘Romanticismos aparte (la segunda boda de Letizia Ortiz) me parece un acontecimiento de primera magnitud porque el Príncipe va a poder cumplir, por fin, con una de sus obligaciones fundamentales: la de garantizar la continuidad de nuestra monarquía parlamentaria. Naturalmente, ya se han manifestado en contra, aunque sean muy pocos, los monárquicos de la caverna, argumentando que si cualquier plebeya puede sentarse en el trono de España, la monarquía se convierte en el remedo de una república coronada. De ese mismo falso argumento eché yo mano cuando se trataba de impedir a toda costa la imparable ascensión de aquella noruega que se vestía para ir a la iglesia como si se fuera a la playa. No se dan ni de lejos las mismas circunstancias en el caso de doña Letizia, una representante ideal de lo que es hoy la sociedad femenina española. (…) Entiendo la exuberante satisfacción del Rey ante este insólito noviazgo. (…) Por otra parte, –todos deberíamos felicitarnos por ello—, no creo que la periodista que se ha jugado el tipo plantándose en Iraq cuaje nunca en el círculo de amigos íntimos del Príncipe, en el que abundan los pijos y las pijas de buen ver, probablemente ofendidos por no pertenecer la futura Princesa de Asturias al selecto grupo en el que según ellos deberían de elegirse las reinas de España. Pues como dice la Rigalt en su columna, con un lenguaje que no es el mío, “que se jodan”. Ya era hora de que fueran cambiando las cosas. (…) Hago votos por que todo les vaya bien, esperando que el Príncipe haya escogido por esposa “a alguien que le gustaría tener por amigo si fuera un hombre”.   Genio, figura, oportunismo y un ejemplo más de la total españolidad que algunos no pueden ocultar bajo su pluma.   *José Luis de Vilallonga era Grande de España.

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