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Tribuna Libre

Príncipe Alejandro de Bélgica: “noblesse oblige”

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El pasado día 29 de noviembre de 2009 fallecía de una embolia pulmonar el príncipe Alejandro de Bélgica. El 4 de diciembre siguiente se celebró su funeral en la iglesia de Nôtre-Dame de Laeken. No sólo la familia real belga sino muchas personas dentro y fuera de su país han lamentado esta pérdida, la de alguien aún relativamente joven, sólo tenía 67 años, y que realizaba una labor que está a tono con lo que debe ser un príncipe de nuestro tiempo.

Nacido en el castillo de Laeken el 18 de julio de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, hijo del rey Leopoldo III y de su segunda esposa Lilian Baels, creada princesa de Réthy, no entraba en el orden de sucesión al trono pero sí estaba muy cerca de él. Su hermano (que no su “hermanastro” como algunos han dicho) el rey Alberto II ha sentido especialmente su muerte porque estaban muy unidos. Ambos sufrieron el confinamiento en la fortaleza de Hirschstein-sur-Elbe, así como en Austria, y el exilio en Suiza de 1945 a 1950. Vivió luego diez años en Laeken, palacio que dejó tras un acuerdo entre su padre y el gobierno belga que deseaba evitar que Leopoldo III viviese en el mismo lugar que su hijo Balduino. Ese forzado abandono de la vida “oficial” le relegó a un lugar más discreto. Estudió en la Real Escuela Militar e hizo los primeros tres cursos de medicina en la Universidad de Lovaina.

En 1991 se casó en Inglaterra con Léa Wolman, aunque su matrimonio –no querido por su madre- no se hizo público hasta 1998 durante una recepción dada en el castillo de Corroy-le-Château. Su esposa es la última mujer convertida en princesa de Bélgica por matrimonio. Una ley posterior abolió la obtención automática de esa condición al casar con un príncipe de Bélgica. Las princesas Mathilde y Claire lo son por Real Decreto concedido el día de su boda, la primera con el príncipe heredero Felipe, y la segunda con el príncipe Laurent.

Pues bien, tanto Alejandro como la princesa Léa, que no han tenido hijos –aunque ella sí los tiene de un anterior enlace- han dedicado sus vidas a labores sociales que han hecho que ostenten dignamente el título principesco. Ella es miembro del comité de patrocinio de la velada anual de beneficencia La Nuit des Neiges, en Crans-Montana (Suiza), y da su alto patrocinio a la « Association des Femmes d'Amérique Latine », creada en Bruselas en 1996. El príncipe Alejandro y su hermana la princesa Marie-Esméralda, dieron además su alto patrocinio a la Fundación Cardiológica Princesa Lilian, creada por ésta tras la operación de corazón que sufrió en Boston, en 1957, el príncipe Alejandro.

Sobre la residencia de la princesa Lilian, el castillo de Argenteuil, el príncipe Alejandro hizo publicar y prologó en 2004 un album fotográfico para guardar intacta la memoria de ese lugar, lamentablemente vendido por el gobierno belga. En 2005 Alejandro y Léa organizaron una velada benéfica en el Astoria de Bruselas para la Asociación Aide Info Sida. Pero fue en enero de 2006 cuando Alejandro y Léa crearon un ejemplar organismo: el «Fonds d'entraide Prince et Princesse Alexandre de Belgique », destinado a ayudar personas necesitadas –sobretodo enfermas- y a sostener financieramente instituciones de ayuda social en Bélgica. Organiza veladas benéficas, tiene sponsors, recibe donaciones y cada año se dedica a un tema: el cáncer en 2006, los minusválidos en 2007, los niños hospitalizados, la anorexia en 2008, la toxicomanía y la enfermedad de Alzheimer en 2009. Dedicará el 2010 a los sin casa y el 2011 al maltrato.

Pocos saben que muchos príncipes dedican sus esfuerzos a impulsar y sostener instituciones similares con proyectos de ayuda en el ámbito social, médico, artístico y cultural, medioambiental, etc. : la « Prince's Charities Foundation » del príncipe Carlos de Gales, « The Diana, Princess of Wales Memorial Fund » de la princesa Diana de Gales, la « Crown Princess Katherine Humanitarian Foundation » de la princesa Katherine de Yugoslavia, la « Fondation Prince Albert II de Monaco », del príncipe Alberto II de Mónaco, la « Fondazione Emanuele Filiberto Charity Fund » del príncipe Manuel Filiberto de Saboya, la « Fondazione Umberto II e Maria José di Savoia » de la princesa María Gabriela de Saboya… y en España la Fundación Reina Sofía, que preside S.M. la Reina, la Fundación para la Defensa de la Vida y la Fundación para la Investigacion y Formación en Oncología, ambas presididas por la Infanta Doña Pilar, la Fundación Duques de Soria, que éstos presiden, las Fundaciones Colegios del Mundo Unido, Hospital de Santiago, Fondena y Lux Hispaniarum todas ellas presididas por el Infante Don Carlos, y naturalmente la Fundación Príncipe de Asturias cuyo presidente de honor es el heredero de la Corona.

Este fallecimiento me ha llevado a hacerme algunas reflexiones. Muchos se preguntan cuál debería ser la función de los vástagos de casas reales. Nacer en las gradas del trono no es cuestión baladí ni se debe tomar a broma y mucho menos aprovechar sus ventajas sin cumplir las obligaciones inherentes a tal condición. Las ventajas de nacer príncipe están compensadas con la exigencia de estar a la altura de tal cuna. No todos se toman en serio esta máxima. En el evangelio de San Lucas (12, 39-48) se recogen las siguientes palabras de Jesucristo: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”. La dedicación al bien, en el sentido más amplio de la palabra, debería ser la columna vertebral que sustentase la vida de los príncipes, que deberían retribuir a la sociedad las ventajas que ésta les otorga por el sólo hecho de su nacimiento. Además, por su visible posición en las alturas de la pirámide social, deberían seguir en todo momento y lugar una conducta ejemplar. Nadie dice que eso sea fácil pero… “noblesse oblige”.

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