Jueves 23/11/2017. Actualizado 12:23h

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Tribuna Libre

Obama, los toros y el refrendo

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Entre el Rey y Barack Obama se auguraba flechazo y se cumplió. Algunos han criticado –es decir, Anasagasti ha criticado- la poca pompa con que se recibió a don Juan Carlos.

Los toros Por supuesto que los toros son marca hispánica pero eso no quiere decir que la adscripción hispánica se verifique porque a uno le gusten o no le gusten los toros. No pocos extranjeros los aman, no pocos españoles los detestan o bostezan con ellos sin necesidad de ser ateneístas, vegetarianos, naturistas o republicanos utópicos. Incluso ha habido terroristas separatistas que eran novilleros. En la misma Corona tenemos grandes entusiastas –don Juan Carlos acaba de aceptar la Presidencia de Honor del Centenario de un club taurino de Bilbao-, una doña Sofía que muestra su repulsa sin ocultar pero sin hacer aspavientos y otros que los toleran educadamente.

Obama y el Rey Entre el Rey y Barack Obama se auguraba flechazo y se cumplió. Algunos han criticado –es decir, Anasagasti ha criticado- la poca pompa con que se recibió a don Juan Carlos. Ciertamente, ahora Obama no está interesado por Europa e incluso –a raíz de lo del SWIFT- tiene no poco enfado con ella, y Zapatero es presidente de turno, por más que claudicante. Zapatero intenta no alejarse del margen de maniobra en Cuba que marca Obama y el Gobierno apoya al delegado de la ONU –norteamericano- para el Sahara. Pese a todo, las simpatías son personales, y era casi por fuerza de necesidad que el Rey y Obama estaban hechos para gustarse el uno al otro, como si cada uno admirara en el otro lo que le falta.

En Alemania Hasta los desencuentros Merkel-Zapatero, España y Alemania han tenido la mejor relación: ahí estaba la socialdemocracia de Brandt esponsorizando a los socialistas de González durante la pretransición y la transición, y luego los arrumacos –a izquierda y derecha- con Kohl. Algo habrá en la mentalidad española y la germánica que van bien juntas: baste comparar el magno número de matrimonios mixtos por comparación con el escaso número de matrimonios entre españoles y británicos. Alguien apunta que, a los alemanes,  los españoles les han fallado menos –por más serios- que los italianos. De ahí que Berlín como escenario de la primera visita oficial en solitario fuera particularmente halagüeño, al igual que un “evento” sobre enfermedades raras elegido cuidadosamente –con perdón- por inocuo.

El refrendo Por lo que uno recuerda de sus clases de Derecho Constitucional –quizá las menos somníferas de todas-, la institución del refrendo es complicada: la firma del Rey ni quita ni añade nada a una ley, sino que es acto de necesidad mecánica. Es decir, que con su firma el Rey en ningún caso patrocina el texto, y aquí puede pensarse que –más allá de la ley del aborto-, habrá habido no pocos casos de leyes que se han refrendado y que al monarca no le gustaban especialmente. Por otra parte, la campaña de Majestad, No Firme, tal vez hubiese tenido mayor repercusión de no haber tenido una vinculación confesional tan aparente, cuando los mismos obispos han evitado pronunciarse al respecto.

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