Lunes 23/07/2018. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Marichalar y la urgencia timótica

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En una interpretación más aviesa que amorosa, el duque de Lugo, Jaime de Marichalar, tuvo multitud de razones durante un tiempo para ver colmada su urgencia timótica.

El viejo Ovidio recomienda hacer amigos entre iguales y eso afecta en la misma medida al matrimonio. Ya hay psicólogos que han comprobado una intuición de todo tiempo, a saber, que a los hombres les importa mucho menos que a las mujeres lo que los ingleses conocen como “marry down”, es decir, casarse con alguien de estrato social inferior. De ahí que a los empresarios se les vea más con camareras que a las notarias –por ejemplo- con conductores de autobús. Ciertamente, la estratificación infinitesimal de cualquier sociedad es algo que, antes o después, a cualquiera le acaba por doler.

Los especialistas también han acuñado lo que de verdad mueve a los hombres: no es el poder por el poder, el dinero por el dinero, la conquista por la conquista, sino algo que denominan impulso timótico o urgencia timótica, sintagma complicado y de origen platónico para denotar la voluntad de ser reconocido. Dicha voluntad está en la raíz de tantas cosas buenas como malas: del deseo de mejora, por ejemplo, igual que del exceso de ambición. A veces, una cosa buena lleva a una mala si no interviene ahí el temple moral.

En una interpretación más aviesa que amorosa, el duque de Lugo, Jaime de Marichalar, tuvo multitud de razones durante un tiempo para ver colmada su urgencia timótica. Se había casado con grata ventaja y –exclusivamente- por ser él quien era. Triunfos. Relaciones. Excentricidades gratas. Consejos de administración. Fama. Admiración en su forma más halagadora –la que es personal y no laboral. Luego, como en el don Carlos, se le acabaron “los hermosos días de Aranjuez”. Una revista de la derecha llegó a quererlo cocainómano. No entra en la Zarzuela ni enseñando el DNI. Menguan las llamadas y, más antes que después, empezará a pesarle lo caro que es mantener el vestuario cortado por los sastres ingleses en sus visitas a París. Tal vez sea una historia triste pero –puestos al dandysmo- no debiera terminar mejor que Beau Brummell.

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