Sábado 16/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Alberto y Paola en la Bélgica imposible

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Se ha dicho que la mejor manera de tratar con los belgas consiste en no preocuparse por lo que los unos dicen de los otros.

Cierto personaje de novela es consciente de haber llegado a Bélgica cuando despierta en el coche-cama y oye una pelea. Nadie sabe bien si Bélgica es un país difícil o –directamente- un país imposible, sostenido apenas por una corona que equilibra el malestar de unos con otros. En tiempos de guerra y de prudencia declarativa, eran los belgas divididos y aguerridos los que más estupor causaban por su aspereza al criticar a su gobierno. Quien lo probó, lo sabe: hoy son muchos los flamencos que prefieren esforzarse en español antes que hablarle en francés a un extranjero. En general, la incomodidad de la identidad belga es constatable en sus grandes hombres: es esa tendencia a escapar –Michaux, Degrelle, Hergé, Folon, Magritte- por caminos físicos o psíquicos.

Alguna reciedumbre en la sangre tenían que tener en tanto que con frecuencia se ha escrito que Dios destinó a esa parte llana del mundo el papel de campo de batalla. Así lo escribe –fortissimi sunt Belgae- Julio César al tratar sobre los pueblos de la Galia. Muy observador, Anthony Powell considera en Una Danza para la Música del Tiempo que los belgas se dividen en dos: no en valones y flamencos sino en tipos Memling y tipos Teniers, según parezcan demacrados figurantes de un martirio o rubicundos bebedores en un baile de aldea. Siempre parece que, al hablar de Bélgica, hay que hablar de división.

La pobre prensa de Bélgica ha sufrido las invectivas de un Baudelaire que destrozó Bruselas con la pluma, las culpas de su rapiña colonial y un omnipotente vecino francés que por poco les despoja incluso de los mejillones con patatas. Es el país reciente, tapón entre potencias, con reyes traídos de lejos, corrupción inimaginable, un acento francés por el que casi tienen que pedir perdón y la condición de hermano católico y pobre. Al mismo tiempo, es una nación obsesionada tradicionalmente con la alcurnia familiar, y con un placer de gusto admirable –y conservador- a la hora de comer y beber, siempre que uno pase por alto ese bocadillo de patatas fritas llamado "mitraillette".

Por supuesto, los belgas suscitan simpatía ya que no hay en ellos –según refiere Powell- nada de esa voluntad de causar buena impresión que suelen tener las naciones pequeñas. También se ha dicho que la mejor manera de tratar con los belgas consiste en no preocuparse por lo que los unos dicen de los otros. Es sabio consejo en un país de dos regiones hostilmente antagónicas –Flandes y Valonia-, con un esqueje alemán y una ciudad como Bruselas, a la que todo el cosmopolitismo del mundo no le quita su aire provinciano. A veces tienta el pensar que los reyes de Bélgica han seguido tal consejo muy de cerca.

En esa Bruselas hoy mutante, con sus barrios chinos y zaireños y su literatura de voluntarismo proustiano –‘Aux armes de Bruxelles’, de Christopher Gérard-, los reyes de los belgas, Alberto y Paola, han celebrado sus bodas de oro, más de medio siglo después de tener el buen gusto de enamorarse en pleno Vaticano, durante la entronización de Juan XXIII. La celebración de las bodas de oro era en Bélgica y no podía sino haber un accidente. Como fuere, es en Bélgica donde más a fondo se ha probado el papel institucional de conciliación y ejemplaridad de la monarquía. Valga como decir que los reyes lo han tenido muy difícil. Y valga también como decir que se ha necesitado no sólo una decidida aunque minoritaria voluntad estatal –tantas calles en Bruselas que nombran abstracciones: el trono, la regencia, el cincuentenario- sino también una condición modélica de caracteres que ha venido repitiéndose al menos desde la muy querida reina Astrid, pasando por personalidades de la rectitud –cuando no de la santidad- de Balduino y de Fabiola, sufrientes siempre por la falta de descendencia. Así, recayó el trono en el rey Alberto, prudente pero activo en pos del mantenimiento del país: no hace tanto tiempo que tuvo que intervenir para reclamar a los políticos belgas que se avinieran a formar gobierno. En definitiva, pocas veces se les ha exigido tanto a unos monarcas que reinan sin gobernar, y pocas veces unos monarcas han logrado tanto. Lástima que en Bélgica haya que añadir un “de momento”.

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