Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

El principe negociante

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Ahora que en España se pone de moda hablar de monarquía y hablar de libertad religiosa no deja de tener su morbo pensar qué ocurriría aquí si a algún miembro de la familia real o a algún pariente cercano se le ocurriera vender exclusivas.

Peter Philips, nieto de la reina de Inglaterra, que ocupa un lejano puesto, concretamente el número 11, en la sucesión al trono, contraerá matrimonio -está apunto de hacerlo-  con la señorita Autumn Kelly, de religión católica. Al menos esa es la que profesaba hasta su enlace con el hijo de la princesa Margarita, porque, como ha publicado MONARQUÍA CONFIDENCIAL, la futura señora Philips, ha abandonado la fe católica y se ha convertido ‘por propia iniciativa y sin ningún tipo de presión’ a la confesión anglicana, de la que es cabeza visible su futura abuela política, la reina Isabel II.

Da la casualidad de que si Peter Philips se casa con una católica, renuncia automáticamente a sus derechos al trono. Parece que el bueno de Peter no está por la labor, no porque piense que algún día puede llegar al trono de la corte de Saint James, sino porque estar en la línea sucesoria tiene más prebendas que la hipotética coronación.

Todo normal, hasta que al nieto se le ha ocurrido vender la exclusiva de su vida privada por un montón considerable de libras esterlinas, medio millón, casi 122 millones de las antiguas pesetas, a la revista ‘Hello!’, lo que ha causado una cierta desazón en el palacio de Buckingham, pese a que el nieto de la reina ni tiene el título de príncipe ni el tratamiento de Alteza Real.

Ahora que en España se pone de moda hablar de monarquía y hablar de libertad religiosa no deja de tener su morbo pensar qué ocurriría aquí si a algún miembro de la familia real o a algún pariente cercano se le ocurriera hacer lo mismo o si los allegados a la corona no disfrutaran de una cierta libertad en materia de creencias.

El derecho comparado tiene estas cosas, y no estaría de más que algunos de los comentaristas que -un día sí y otro también- atacan a la Institución buscando recovecos y trapos sucios, reflexionaran, con un mínimo de altura de miras, sobre lo que la Monarquía supone y ha supuesto en nuestra democracia, sin entrar en los detalles mínimos y más o menos privados del día a día.

No se trata de buscar una impunidad donde no debe de haberla, ni de pactos de silencio, ni alianzas ocultas. Simplemente con poner a contribución un mínimo de prudencia y de sentido común al tratar los asuntos que rozan más o menos directamente a la Corona, se ahorrarían muchos pasos en falso y muchas tonterías.