Domingo 24/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

El prestigio de la monarquía

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La celebración del jubileo de Isabel II en el trono de Inglaterra ha desatado un especie de euforia monárquica en el Reino Unido que está asombrando a propios y extraños.

A estas alturas del siglo XXI, resulta que una institución tan aparentemente arcaica como la monarquía mantiene en aquel país toda su pujanza en prestigio y valoración de los ciudadanos. Como digo, para sorpresa de tantos.

No voy a detenerme en detallar la historia de la monarquía inglesa, y tampoco la personalidad de su titular, Isabel II, porque son conocidas. Sólo quiero reseñar el dato de que, por lo visto, la modernidad (y, por supuesto, la plena democracia) no es incompatible con la monarquía.

Voy a citar otro caso: Francia. En aquel país, republicano como pocos, la institución monárquica mantiene un elevado prestigio político y social. Basta ver el trato que dan a las tres familias reales que allí conviven, que tienen un puesto de honor en actos y protocolos: los Borbón (encabezados por Luis Alfonso de Borbón), los Orleans y los Napoleón.

Es menos conocido que, a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, cuando empezó por vez primera a pensar en abandonar el poder, el general De Gaulle se planteó seriamente implantar la monarquía en Francia. Es más, llegó a hablar con Enrique de Orleáns, aunque finalmente el plan no se llevó a cabo. Pero De Gaulle lo pensó.

Como otros muchos españoles, conozco algo de Francia, donde he pasado algunas temporadas. Y el prestigio que mantiene allí la institución monárquica (aunque sigan siendo profundamente republicanos) nace de una reflexión: gran parte de las glorias de Francia, de las que se sienten tan orgullosos como país, tienen que ver con la monarquía.

Si nos trasladamos a España, ese pensamiento resulta también válido: gran parte de las glorias de España como nación están vinculadas a la monarquía.

Otra cosa es que, según mi punto de vista, aquí nos hemos olvidado de las glorias de España. Que las tiene. Y más altas que la mayor parte de las naciones europeas. Aquí casi nadie se acuerda, ni las valora, ni se siente orgulloso de ellas. Pero eso es otro asunto.

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