Miércoles 20/09/2017. Actualizado 11:30h

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Tribuna Libre

El duque de Västergötland, otro “consuerte” para la colección

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Dicen que todo se aprende, pero hay lecciones de las que es bueno empaparse desde la cuna para “cantarlas” bien.

El próximo matrimonio de la princesa heredera Victoria de Suecia con Daniel Westling nos debe hacer reflexionar acerca del sentido que tiene que una dinastía todavía reinante case a sus princesas herederas con personas del común que desconocen las funciones y responsabilidades de príncipe consorte. Dicen que todo se aprende, pero hay lecciones de las que es bueno empaparse desde la cuna para “cantarlas” bien.

En estos días se ha confirmado lo que ya era de suponer: que Daniel Westling, novio de la princesa heredera Victoria de Suecia, tendrá desde el día de su boda el tratamiento de Alteza Real y será príncipe de Suecia y duque de Västergötland. La boda será celebrada el próximo 19 de junio en la Catedral de San Nicolás y ya se han publicado las proclamas matrimoniales en la Capilla Real de Estocolmo. El tratamiento de Alteza Real, por el que luchó con uñas y dientes –recordémoslo- el Duque de Windsor para su esposa Wallis, no es algo baladí en una monarquía. Situará a Daniel en el mismo estatus que los príncipes Carlos Felipe, Magdalena o Lilian de Suecia, y por encima de las princesas Margarita, Désirée y Cristina, que perdieron dicho tratamiento a raíz de sus respectivos matrimonios.

Daniel, hijo de Ewa y Olle Westling, entrará a formar parte de esa creciente pléyade de neopríncipes, consortes de princesas herederas o de soberanas reinantes, que –sin estar especialmente preparados para recibir el regalo con que la Providencia les ha agraciado- deben apoyar a su esposa sin inmiscuirse en asuntos de Estado, aconsejar sin dirigir, figurar junto a ella sin ser protagonista, y darle hijos que serán para el Reino y se quedarán con ella en caso de separación o divorcio, cosa nada infrecuente en los tiempos que corren. Lejos están aquellos otros en que los príncipes o reyes consortes pertenecían a casas reales y eran educados en las gradas del trono con todo lo que eso significa de “savoir faire”. Eran los tiempos de la reina Victoria de Inglaterra y el príncipe Alberto, de la reina Isabel II de España y el rey Francisco de Asís, de la gran duquesa Carlota de Luxemburgo y el príncipe Félix o –más recientemente- de la reina Isabel II de Inglaterra y el Duque de Edimburgo. El camino abierto por matrimonios del tipo del de la reina Beatriz de los Países Bajos con Claus von Amsberg, o de Margarita II de Dinamarca con Henri de Laborde de Monpezat, han servido de ejemplo para otras princesas que ya no consultan el Gotha, como antaño, para encontrar al príncipe de sus sueños. Hoy los hallan en los restaurantes, las canchas deportivas o los gimnasios, sin importarles gran cosa si son o no príncipes de sangre real.

Decía un viejo adagio francés que “Le roi fait la bergère, reine”. Hoy podríamos decir que “la princesse fait le berger, prince”. El gracejo popular español acuñó el término “consuerte” modificando el original de “consorte” para referirse a esos afortunados seres que a partir del momento en que se casan con sus linajudas consortes se olvidan ya de muchos problemas económicos y de casi todos los domésticos que padecen otros esposos y padres de familia.

Victoria será la primera reina propietaria o titular en Suecia desde Ulrika Leonora, llamada la Joven, que reinó en el siglo XVIII. Claro que ella se casó con el landgrave Federico I de Hesse-Kassel y no con su profesor de gimnasia, o de equitación o de baile, que para la época era más adecuado.

Naturalmente, los niños aprenden de sus padres. Si el rey de Suecia está casado con una antigua azafata, no es de extrañar que su hija no tenga reparos en casarse con su “personal trainer”; lo mismo que si el rey de Noruega está casado con la hija de un comerciante, no debe asombrarnos que la princesa Marta Luisa se case con un productor de televisión y escritor ocasional, o que el príncipe Haakon Magnus contraiga matrimonio con una joven madre soltera de modesto origen. O que si la reina de Dinamarca se une a un tercer secretario de embajada, no es ajeno a la lógica que el príncipe heredero se case con la hija de un profesor de matemáticas. No pondré más ejemplos para no aburrir al lector.

Yo sé que se me tachará de antediluviano –y me importa poco- pero ciertamente añoro los tiempos en que las princesas se casaban con príncipes. Estos matrimonios de igual rango no gozan de garantía de éxito en el plano sentimental pero tienen más posibilidades de que el consorte, educado en las gradas de un trono o cerca de él, sea más consciente y conocedor de lo que significa ser esposo de una princesa heredera o de una monarca reinante, de lo que es la Corona, así con mayúsculas. Por otra parte, si la monarquía es tradición y ésta se rompe con la excusa de los “signos de los tiempos”, ¿no estamos adulterando la monarquía? Sé muy bien que decir esto no es políticamente correcto pero es que creo que quien siembra vientos recoge tempestades.

Amadeo-Martín Rey y Cabieses

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