Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

La orden de San Lázaro y de Nuestra Señora del Monte Carmelo

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Una institución extinguida y sus equívocas seguidoras.

La Monarquía Cristianísima de Francia, junto a las codiciadas Órdenes del Espíritu Santo y de San Miguel, tenía una muestra de honor en la Orden Militar y Hospitalaria de san Lázaro de Jerusalén y de Nuestra señora del Monte Carmelo. Esta Orden de Caballería, hoy extinguida, es una de las más interesantes en el plano histórico, porque permite estudiar el mecanismo del paso, primero, de los hospitalarios instalados en Tierra Santa, en el momento en que quedó en poder de los musulmanes, a una Orden de Caballería parecida al Temple, San Juan de Jerusalén o el Santo Sepulcro, y, después, el paso de una Orden de Caballería a una Orden Nacional, convirtiéndose, por fin, de una Orden Nacional reservada a caballeros, en un instrumento de la política Real.

Según la leyenda, la Orden de San Lázaro habría sido creada el año 125 antes de Jesucristo, cuando Juan Hyrcan, hijo de Simón Macabeo, gran sacerdote de los judíos reinante en Jerusalén, hizo abrir la tumba de David y encontró un tesoro; con este dinero, fundó un hospital para leprosos, que señalará el origen de la Orden. Esta leyenda es tan controvertida como la que remonta al templo de Salomón el origen de la franc-masonería, pero es incontestable es que la Orden nace en los hospitales para leprosos existentes en Tierra Santa durante las Cruzadas, puestos bajo el patronato de San Lázaro (ya que éste resucitó tras varios días de corrupción de su cuerpo), con características similares a las otras órdenes hospitalarias que darían paso a las órdenes de caballería. En el momento de la repatriación de los cruzados, la de San Lázaro se refugió en Francia, protegida por Luis VII, que les donó el castillo de Boigny, que se convirtió en su sede.

Cuando la Orden perdió su utilidad, por la falta de presencia social de la lepra, se plegó al poder Real. Gregorio XIII, mediante su bula Pro comissa nobis, de 1572, la unió a la Orden de San Mauricio, de los Duques de Saboya, dando así origen a una orden dinástica, la de los Santos Mauricio y Lázaro, que aún hoy subsiste (con problemas a la hora de fijar quién sea su Soberano entre los pretendientes a la Jefatura de la Casa Real italiana) pero los monarcas franceses no aceptaron esta situación. El 11 de octubre de 1608, Enrique IV la incorpora a la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, que había sido creada el año precedente. El Rey nombró Gran Maestre a Philibert de Nerestan, y se convirtió en una de las órdenes especialmente vinculadas a la Dinastía de Borbón en Francia, otorgándose sin prodigalidades a cierto número de caballeros. Más tarde, Luis XIV la utiliza para condecorar a personas de la pequeña nobleza y de la burguesía recientemente ennoblecidos, y hasta a plebeyos que hubiesen rendido servicios eminentes al Estado y que adquirían un estatus similar al ennoblecimiento.

La Orden francesa conoce momentos de esplendor desde el edicto Real de 1672 que la dota económicamente de una manera excepcional (previamente, en 1668, una bula papal la reconoció como una orden más, al margen de la de los Santos Mauricio y Lázaro). La Orden se convirtió en una especie de Ministerio de Sanidad, o de Salud Pública, para excombatientes y víctimas de la guerra. También inició una importante actividad en la mar, con navíos propios que se dedicaban a combatir la piratería, jugando un gran papel en la política colonial francesa.

La Orden prosperará durante todo el siglo XVIII; un destacado personaje de la Orden, nombrado en 1723, es Michel-André Ramsay, hijo de un carnicero escocés, seguidor de Jacobo II y fundador de la fracmosonería, y el Conde de Provenza, convertido en su Gran Maestre, fue, después de la revolución, el Rey Luis XVIII. En el exilio otorgó con generosidad la cruz a sus fieles franceses y a extranjeros que le ayudaron. Subsistió en la Restauración, pero no se nombraron nuevos caballeros, y desapareció en 1830, tras la revolución de Julio. Los caballeros supervivientes continuaron usando sus insignias, pese a las prohibiciones de la Monarquía usurpadora de Luis Felipe I de Orleáns.

Hacia 1910, se constituyó una sociedad civil, autodenominada Orden de San Lázaro, sin ninguna filiación verificable con la antigua Orden y que no puede constituir una Orden de Caballería reconocida como tal por la gran cancillería de la Legión de Honor, ni reivindicar un reconocimiento internacional. A esta asociación se vincularon en España, durante años, algunos miembros de la rama de los Borbón- Sevilla y en la actualidad, en Francia, la impulsa el ahora conocido como Príncipe Charles-Philippe de Orleáns (olim denominado conde de Evreux), quien, en 2004, recibió de su tío, el sedicente Duque de Francia, junto al inapropiado título de Duque de Anjou (que utiliza legítimamente el Jefe de la Casa de Francia, S.A.R. el Príncipe Luis de Borbón), la condición de  cuadragésimonoveno Gran Maestre (literal y pomposamente denominado en sus medios Magnus XLIX Magister citra et ultra maria, Præceptor Boignaci) de lo que impropiamente se llama Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén, que actúa con la Fundación San Lázaro, financiada, según la prestigiosa Wikipedia por la World Society, entidad vinculada a las actividades de los Orleáns.

Benevolentemente, puede decirse que esta sociedad ha contribuido a un mejor conocimento histórico de la antigua y desaparecida Orden de San Lázaro y a una aproximación de Francia a Siria y Líbano, motivada por la protección que le dispensa el Patriarca Maronita, autoridad religiosa que, bajo ningún concepto, debe confundirse con la Santa Sede, ya que ésta ha publicado en diferentes ocasiones[1] en L´Observatore romano listas de órdenes con las que la Santa Sede manifiesta expresamente no guardar ninguna relación. Puede consultarse en este punto la página web Official Stateemnet of the Holy See on Self Styled Orders. Es necesario recordar que según el decreto de 4 de diciembre de 1981, la República Francesa extendió y agravó las penas por uso indebido de insignias de antiguas órdenes nacionales francesas, entre las que se cuenta la de San Lázaro, ejemplo que, dicho sea de paso, convendría imitar en España.

Por su parte, la Orden de San Juan de Jerusalén, llamada de Malta, ha constituído un Consejo de Órdenes falsas para combatirlas legalmente. Aunque centra su actuación en las pseudo órdenes de Malta, tiene importante documentación acerca de los criterios para considerar como auténticas órdenes a aquellas entidades que manifiestan serlo.

La actividad acometida desde mediados del siglo XX por The International Commission on Orders of Chivalry (ICOC) -acerca de la cual hay una interesante página en Internet firmada por James J. Algrant[2]- resulta muy aclaratoria, en el caso de la Orden de San Lázaro. También puede dar notable información la prestigiosa revista italiana Araldica.

Respecto al infinito número de falsas órdenes es útil consultar el artículo que el marqués de Villareal de Álava publicó en la revista Hidalguía en 1953, y el que en su nº 177 publicó la misma revista en 1983, así como, entre otras obras, las siguientes:

-Arnaud de Chaffanjon Orders & contre-orders de chevalerie, París, Mercure de France, 1982.

-H.E. Cardinale: Orders of knihtood, Awards and the Holy See.1983.

-Patrice Chafiroff: Faux chevaliers, vrais gogos.1985 (2ª edic. 1997).

-André Damien Le grand livre des ordres de chevalerie et des décorations.(Éditions Solar, 1991).

[1] Al menos, en 1953 y 1970.

[2] www.maineworldnewsexchange.com.