Lunes 05/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Majestades de toda Europa: ¡Tomen nota!

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La ejemplar resistencia del Gran Duque Enrique de Luxemburgo a firmar la ley de la eutanasia le ha costado el 11 de diciembre parte de sus poderes constitucionales. Digno sobrino de Balduino I de los belgas, ha sabido demostrar al mundo que las convicciones morales deben primar sobre la conveniencia personal o el acomodo político. Se le acusa de haberse extralimitado en sus funciones y de haberse metido en demasía en la arena política pero: ¿Podía perder esta ocasión de dar testimonio de su integridad moral?

Cuando el rey Balduino I de los belgas, el 4 de abril de 1990, suspendió voluntariamente sus funciones, amparado en la Constitución Belga, para evitar sancionar la ley del aborto aprobada el 29 de marzo anterior por el Parlamento, demostró que es en los momentos difíciles cuando se prueba la valentía. El gobierno de Wilfried Martens, que asumió la Regencia, firmó dicha ley y el soberano puso en peligro su permanencia en el trono. Pero para él -por encima de cetros y coronas- estaba su alma inmortal y su convencido respeto a la Ley Natural y a su Fe. Pues bien, su sobrino Enrique -hijo de la Gran Duquesa Josefina Carlota, hermana de Balduino- ha seguido tan preclaro ejemplo -que no siguió, por cierto, Alberto II de Bélgica- y ha repetido el gesto en relación esta vez a la ley de eutanasia y suicidio asistido, propugnada por socialistas y verdes, y que ya superó el 18 de febrero una primera votación.

Su resuelta postura de ejercer su derecho de veto y no sancionar la ley que será seguramente aprobada el 18 de diciembre, provocó que el primer ministro, Jean-Claude Juncker -que personalmente se opone a la eutanasia-, haya promovido una enmienda constitucional aprobada el 11 de dicembre por el Parlamento y que haya retirado al Monarca luxemburgués su capacidad de aprobar las leyes, abriendo además un debate sobre la continuidad de la Monarquía. Se ha cambiado el término “sancionar” del artículo 34 por el de “promulgar”. Puede que así, al Gran Duque se le haya menguado su poder, pero no cabe duda de que ha crecido en autoridad, en el sentido de la clásica “auctoritas” romana. La actual Constitución hace de Enrique I no sólo el símbolo de la nación, sino el garante de sus instituciones.

Es sabido que la Gran Duquesa María Teresa comparte las convicciones de su marido. El diputado liberal Eugène Berger soltó una obviedad según la cual la Gran Duquesa, de acendrado catolicismo, habría influido sobre Enrique. ¡Pues claro! Las esposas influyen en sus maridos, y éstos en aquellas. ¡Vaya novedad! Justamente por eso es esencial que los príncipes herederos escojan bien a sus esposas. A mi juicio, para el caso presente, está claro que el Gran Duque eligió bien aunque, por motivos que ahora no vienen al caso, yo sea más partidario que los príncipes se casen con miembros de la realeza.

El Gran Duque de Luxemburgo es un padre de familia fuertemente unido a su pueblo y también un hombre moderno, graduado en la Academia Militar de Sandhurst y en la Universidad de Ginebra. Pero eso no le impide, sino que le ayuda a ser consecuente con sus más íntimas convicciones. La modernidad bien entendida no está en considerar la ética un lastre del que hay que desprenderse quam primum para volar sin rumbo, sino que debe llenar sus alforjas de ética, moralidad y consecuencia, precisamente para poder avanzar con paso firme y no construir sobre arena. Está muy bien defender el medio ambiente. El propio Gran Duque Juan y su hijo, el actual Gran Duque Enrique, lo han hecho con esmero como muchos otros soberanos y príncipes europeos. Pero de infinita mayor importancia es la defensa de la vida humana.

A veces, los legisladores olvidan que la Ley Natural precede y debe estar por encima de la Ley Positiva y que, a veces, la conciencia no permite adherirse a lo que emana de las cámaras parlamentarias. Ni la mayoría ni la soberanía parlamentaria tiene potestad para cambiar la Ley Natural. El monarca debe ser respetuoso con las leyes pero, en ocasiones, su deber está más en zarandear la conciencia de los ciudadanos que en sancionar con la pluma lo que no siente con el corazón ni piensa con la cabeza, especialmente cuando se trata de cuestiones tan graves como la eutanasia.

La temporal abdicación de 36 horas de Balduino estimuló un debate público y asombró del mismo modo que ahora, Enrique de Luxemburgo -al rechazar firmar la ley que legaliza la eutanasia- espoleará a muchos que dormitan en el laisser faire, laisser passer imperante que, de un modo derrotista, considera que no hay nada que hacer contra la marea relativista. No creo, como dice el primer ministro Juncker, que Enrique de Luxemburgo se haya extralimitado en su papel. Ha actuado según su conciencia, y eso es más importante que actuar según su conveniencia.