Domingo 24/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

La Familia Real Holandesa acompaña a Carlos Javier de Borbón-Parma en su boda con la periodista Annemarie van Weezel

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Se ha realizado en Bruselas la boda religiosa del Príncipe Carlos Javier con Annemarie van Weezel. La Casa Real Holandesa, olvidando los rencores que hace siete años provocaron las acusaciones de la Princesa Margarita, hermana del novio, acudió al completo.

Corrían los años ’60 cuando el anuncio de una boda, más que campanas, llevó truenos a la Casa Real Holandesa. Contra la opinión pública y el enojo de las fuerzas gubernamentales y políticas, la Princesa Irene, de religión protestante, hija de la Reina Juliana de Holanda, contraía matrimonio con un príncipe de religión católica, Don Carlos Hugo, perteneciente a la Casa de Borbón-Parma, pretendiente al Trono de España como representante de los “Carlistas”. La boda, celebrada sin las pompas reales holandesas, hubo de realizarse en Roma, donde un gran número de partidarios del carlismo, en plena era franquista, ocupó todos los rincones de la romana Capilla Borghese, de la Basílica de Santa María la Mayor, del siglo XVII.

La princesa Irene había viajado a Madrid con el propósito de aprender a hablar español, y fue allí donde conoció a Don Carlos Hugo. En el verano de 1963, la prensa europea crispó los ánimos políticos holandeses al anunciar que Irene se había convertido al catolicismo y estaba decidida a casarse con el príncipe borbónico. Rápidamente, surgieron protestas por parte de los calvinistas holandeses, generándose una crisis constitucional sin precedentes en Holanda. Aunque se trataba de una tradición, y no de una ley que prohibiera a un católico emparentar con los Orange-Nassau (y aumentar así las probabilidades de que un “papista” ocupara el trono de los Guillermos), Irene era la segunda en la sucesión al trono. Además,

Además la princesa vivía en la España del Dictador Franco, militar apoyado en su momento por la Alemania nazi que había invadido el Reino de Holanda. La Reina Juliana intentó cancelar el matrimonio mediante un emisario que trató de convencer a Irene de abandonar dicha idea. Sin embargo la princesa enamorada no aceptó la orden de su madre. Se presumía que Irene era utilizada por el General Franco para que con su casamiento obtener el mejor beneficio para su causa.

A principios de 1964 la princesa regresó a los Países Bajos en compañía de Carlos Hugo, donde de inmediato se reunieron con la Reina, el Primer Ministro y tres ministros del gabinete. En un intento por ganar el aprecio del pueblo Irene declaró públicamente que su matrimonio tenía como objeto terminar la intolerancia religiosa. Esto causó una división en la opinión pública, ya que menos del 40% del país profesaba la fe católica. En las semanas siguientes, la situación se deterioró aún más cuando el Papa Pablo VI concedió una audiencia solicitada por la pareja en Roma, Italia. La Reina Juliana al principio negó que esa reunión hubiera existido, pero posteriormente se comprobó que sí tuvo lugar.

Aquella boda, escandalosa para los holandeses, que suponía la unión de una princesa de la religión de Lutero y Calvino, y un papista, supuso la pérdida de sus derechos de sucesión al trono de la Princesa Irene, causante de una verdadero escándalo, que ocupaba a la sazón el segundo puesto a la Corona neerlandesa. Ningún diplomático holandés representó al Gobierno en Roma. De la Casa de Orange no asistió nadie a la boda, ni los padres ni las hermana de Irene. Sin embargo, el casamiento de la princesa Irene con aquel Borbón católico, español y fascista, terminó siendo aceptado sin causar perjuicio ni al principio de la monarquía ni al prestigio de la familia real. El matrimonio fue recibido en audiencia por el Papa Pablo VI, tuvo cuatro hijos, y se divorció en 1981. La Casa Real holandesa continuó manteniendo una excelente relación con el príncipe.

Este sábado, 20 de noviembre, 46 años más tarde, la nueva boda de otro Borbón-Parma (hijo, precisamente, de Irene y Carlos Hugo) con otra mujer holandesa, no ha causado, ahora sí, el revuelo de antaño. Y es que la novia en cuestión no es ahora una princesa, sino una verdadera plebeya (eso sí, descendiente de Eduardo I de Inglaterra), dueña de una notable carrera en el periodismo, especialmente por su labor en la cadena de televisión estatal neerlandesa, NOS.

Hoy sí, a diferencia de la boda de antaño, la Familia Real Holandesa acudió en pleno a la celebración religiosa de la boda de este querido sobrino de la Reina Beatriz y nieto de la Reina Juliana. Ni el hecho de que la princesa Irene se hubiera separado hace mucho tiempo del príncipe Carlos Hugo, ni la sonada “guerra” verbal que Margarita, hermana del novio, lanzó hace unos años contra la Reina Beatrix y su familia, empañaron esta felicísima ocasión, que tuvo por protagonista a un novio que aun guarda un cariñoso recuerdo hacia su padre recientemente fallecido.

Descendiente de Roberto I, último duque reinante de Parma y del infante Don Felipe de Borbón (1720-1765), séptimo hijo de Felipe V de España, Carlos Javier heredó, a la muerte de su padre, el título de Duque de Parma, y aseguró que asumía los derechos dinásticos que Carlos Hugo defendía y que nadie les puede quitar porque los ostentan desde Hugo Capeto, pero respetando los valores de la democracia, la pluralidad y la diversidad social.

Carlos Javier y Annemarie van Weezel (que trabaja actualmente como corresponsal parlamentaria de la televisión nacional holandesa) se conocieron en Bruselas, capital belga y capital europea, y fue allí donde quisieron celebrar el rito más simbólico de su unión matrimonial, el religioso, en la Abadía de Ter Kameren (La Cambre). La ceremonia eclesiástica estaba prevista para finales de agosto pero el fallecimiento de Don Carlos Hugo obligó a posponerla. No obstante, la pareja ya se había casado civilmente el 12 de junio, en Duurstede. En esta ocasión, la ceremonia religiosa estuvo a cargo del Obispo de Rotterdam, Philippe Bär, y contó con la presencia del príncipe Constantijn de Holanda, primo hermano del novio, como testigo. El Conde Jean-Charles Ullens von Schooten-Wethnaal, emparentado con la Casa Real Sueca, fue el otro testigo, mientras que testigos de Annemarie fueron su hermana Constance y su amiga Katerina Polykarpou-Karanasiou. También asistieron los hermanos del novio: el Príncipe Jaime con su novia, y las princesas María Carolina y Margarita, quien aprovechó la ocasión para hacer público que espera un segundo hijo, fruto de su matrimonio con el holandés Tjalling Ten Cate.

La Familia Real Holandesa estuvo al completo: la Reina Beatrix, el Príncipe de Orange, la princesa Máxima, los príncipes Constantijn y Laurentien, los príncipes Friso y Mabel, la princesa Christina, la princesa Margriet y Pieter van Vollenhoven, y los cuatro hijos y cuatro nueras de esta pareja. Por su parte, la realeza europea estuvo representada por los príncipes Astrid y Lorenz de Bélgica y los príncipes Jean y Diane de Luxemburgo, así como Don Duarte, Duque de Braganza. Tras el sí quiero los invitados se trasladaron al Castillo de la Hulpe, donde se produjo el almuerzo y la posterior fiesta.

Según ha informado la prensa holandesa, que se mantuvo notablemente al tanto de esta celebración por ser Don Carlos Javier un familiar tan cercano de la Reina Beatrix, la nueva Duquesa de Parma y Princesa de Borbón, Annemarie, lució un vestido de seda pura y cuatro metros de cola, diseñado por la pareja de modistos belgas compuesta por Jacques Devos y Pamela Hoffmann. Lo más llamativo del traje nupcial fue el elegantísimo velo, fabricado en finísimo papel decorado con motivos florales sobre un diseño de la artista Isabelle de Borchgrave. El atuendo de la novia se completaba con una diadema de perlas que en 1896 la Reina Regente Emma de Holanda obsequió a su hija Guillermina (bisabuela de Carlos Javier) con motivo de su 16º cumpleaños.

DARÍO SILVA-D’ANDREA

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