Lunes 21/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna Libre

Consortes de Downing Street

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Las legendarias estrecheces de Downing Street dejan poco margen para el lucimiento mediático y el subrayado personal de la mujer del primer ministro.

En la Casa Blanca, una consorte con tiempo libre podía encargarse de tapizar los salones y reformar la rosaleda, pero las legendarias estrecheces de Downing Street dejan poco margen para el lucimiento mediático y el subrayado personal de la mujer del primer ministro. Entre otras cosas, el Reino Unido cuenta ya con una primera dama, avecindada en Buckingham. No pocos mandatarios eligieron, incluso, vivir lejos de esa vieja casa georgiana que da para pocos posados fotográficos: apenas el saludo protocolario en la puerta de entrada, flanqueada de bobbies, bajo la enseña tan conocida del number ten, y el zaguán con suelo de mármol en forma de damero.

Así, no es de extrañar la discreción de segundo plano de tantas consortes, hasta el punto de que el cónyuge más famoso de la casa no fue otro que Dennis Thatcher, a quien Ferdinand Mount –gran asistente de The Lady- describe vestido perennemente de esmoquin por las tardes, yendo y viniendo de alguna cena o algún club. Downing Street ha estado incluso desierta de presencia femenina, por ejemplo en época del conservador Edward Heath, pésimo político, fino esteta y connotado homosexual. De la mujer de Callaghan tan sólo quedó el mote: conocida como “el pudding de Yorkshire”, y criticada por su afición a la cría de cerdos, la opinión pública la juzgó singularmente inelegante. En los últimos tiempos, Downing Street ha conocido –con años de retraso- los ardientes devaneos de John Major con la diputada Edwina Currie y la heterodoxia manifiesta de Cherie Blair, suma algo desquiciada de catolicismo con New Age. Al matrimonio Blair le nació el primer hijo que recordaba Downing Street en siglo y medio.

Un experto en parejas presidenciales como el politólogo Gil Troy habla de que la política actual se ha vuelto “una cuestión de familia”, y subraya hasta qué punto es necesario el matrimonio para “la construcción de una identidad política”. Jimmy Carter recalcó en su toma de posesión cómo él y su mujer, Rosalynn, habían planeado y llevado a cabo juntos la campaña. Desde entonces, ese es el estándar, en Estados Unidos como en Reino Unido. A efectos probatorios, en Albión, en estas elecciones de 2010, el papel de las mujeres de los candidatos ha sido más relevante que nunca. Sarah Brown, Samantha Cameron (SamCam), Miriam Clegg: unas suman y otras restan a sus maridos, pero presencias tan fenomenales como las de Michelle Obama o Carla Bruni han vuelto la atención de los medios británicos a las aspirantes a –digamos- primera ministra.

Sartorialmente, Sarah Brown es considerada un desastre pero, en su rigidez y sus formas de matrona, resulta inofensiva; en cuanto a Samantha Cameron, de acuerdo con su perfil de pijerío, preocupa que el estilo predomine sobre la sustancia. Miriam Clegg –nacida en Olmedo, Valladolid, como Miriam González Durántez- ha manifestado su desdén ante el interés general por saber del origen de sus ropas, aunque no por ello ha pasado desapercibido cierto bolso suyo, fabricado en Brasil a partir de materiales reciclados.

Si “la española inglesa” ha llamado la atención precisamente por su poco afán de protagonismo y por una trayectoria laboral de gran octanaje, Samantha Cameron añade elitismo al elitismo de su marido. Irremediablemente estilosa, SamCam es de la más pulida ascendencia aristocrática y se encarga de la dirección creativa de Smythson, empresa papelera que, con sus agendas de piel de lagarto, es a los complementos de oficina lo que Rolls Royce es al mundo del motor. Sarah Brown, siempre callada, considerada el mayor activo y la mejor virtud de su marido, comparte con SamCam un dato de dolor humano que suscitó la más honda piedad popular: ambas han perdido un hijo. Cierto matiz pijo-progre en el comportamiento de SamCam llevó a propagar el rumor de que había votado a Tony Blair en 1997, pero ella lo ha negado. En cuanto al matrimonio Brown, recibió ásperas críticas por celebrar su boda, allá por el año 2000, con una especie de champán de garrafón. Por el momento, sólo Miriam González ha anunciado que no puede dejar el trabajo para ayudar en la campaña a esa cometa ascendente que es su marido Nick Clegg, pero las tres mujeres dejarían con gusto sus casas actuales para mudarse a la residencia más famosa del país. 

 

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