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Amadeo Rey
Los títulos nobiliarios se conceden para ser usados

jueves, 08 de julio de 2010

Si alguien sucede un título nobiliario y aún más si lo obtiene para sí del Rey, debería ostentarlo con legítimo orgullo, procurando ser digno de tan alta merced, honrando a sus antepasados, con total fidelidad a la Corona -“fons honorum”-, evitando llevarlo con vanidad –al fin y al cabo, como dice el sacerdote el miércoles de ceniza citando al Génesis: “Memento homo, quia pulvus eris et in pulverem reverteris”- pero sin ocultarlo con absurdo recato.

España es un país donde los títulos nobiliarios gozan de una existencia amparada por las leyes, aunque a veces –y eso es harina de otro costal- parece que esas mismas leyes se obstinan en pervertir el carácter propio y tradicional de las mercedes nobiliarias y en someter a las familias tituladas a una molesta inseguridad jurídica mientras siembran rencillas domésticas que con la anterior legislación no existían.

Los títulos nobiliarios se suceden, se ceden, se distribuyen, se rehabilitan, se autoriza el uso de los concedidos por soberanos extranjeros –como los pontificios- y hasta se obtiene su uso en pleitos de tercero de mejor derecho. Y, sin embargo, muchas veces los que los poseen no los usan. Sí, sí, lo que usted lee, no los usan. Increíble, pero cierto.

No hace mucho una persona titulada, joven vástago de una antigua familia de la nobleza española, que acababa de suceder en uno de los títulos de su Casa, fue presentado por un amigo suyo a otra persona como “el Conde de…” El neófito conde, con una modestia impostada y un aparente desprendimiento de toda ostentación nobiliaria, apartó a su amigo a un lado y le dijo: “Perdona pero aunque yo sea el Conde de… te ruego que me presentes con mi nombre y apellido”. Menos mal que no se lo espetó en público, pero el pobre introductor se quedó unos segundos sin habla para luego preguntar a su amigo: “pero… si eres el Conde de… ¿por qué no presentarte como tal?”. “Sí, lo soy”, le contestó éste, “pero prefiero que no menciones el título”.

Es bien sabido que es una costumbre interna entre la nobleza española y entre quienes dominan su argot, referirse a las personas tituladas y sus hijos usando el nombre de pila y el predicado del título familiar, sin mencionar el título en sí: el de duque, marqués, conde, vizconde, barón o señor. Así, nos referiríamos a Juan Botas, hijo del Marqués de Carabás, como “Juan Carabás” y al propio marqués, llamado Luis, como “Luis Carabás”. Está claro que en la vida diaria no es ni cómodo ni necesario andar con versallescas reverencias ni es preciso que un conde o un marqués vaya precedido por los salones por un chambelán de librea cantando sus títulos mientras da golpes de bastón en el parquet. Pero, ¿a santo de qué ese incógnito innecesario, ese rubor pueril, cuando uno presenta a otro con su título nobiliario?

Los títulos suelen recibirse después de hechos gloriosos, de extraordinarios y fieles servicios a la Corona, de largas carreras con méritos muy notables. Nada, en fin, de lo que avergonzarse. Generalmente el concesionario de la merced, el que la ha obtenido y se convierte así en genearca de la Casa titulada, tiene merecimientos que quizás nunca lleguen a igualar sus sucesores. Pero éstos tienen la obligación de llevar dignamente el título, con todo lo que eso significa. Y a mi juicio, para lograr eso, lo primero es llevarlo, es decir, ostentarlo en el mejor sentido de la palabra, no ocultarlo ni esconderlo, no evitar su uso a toda costa, no despreciar su empleo como si diese vergüenza, con pusilánime pudor. Si alguien no desea usar el título de sus antepasados, que no solicite la sucesión. Me dirán: “la pido para que mis hijos lo lleven en el futuro”. Pero, ¡iluso!, ¡si al paso que vamos tus hijos ni estarán orgullosos de su linaje, ni deseosos de ostentar con honor lo que los reyes concedieron a sus antepasados!



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