Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Fallece en París Michel Feodorovitch Romanov, último sobrino nieto del zar Nicolás II

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En la noche del 22 al 23 de septiembre de 2008 ha fallecido en una clínica de París Michel, el más Romanoff de los Romanoff aún con vida. Hombre inteligente, voluntarioso, valeroso, de carácter noble y notable, gran profesional del cine, poco afecto a la vida social del brillo y el oropel, y poseedor de una sobresaliente cultura al tiempo que de una gran ternura, con su fallecimiento mueren los últimos vestigios de la Rusia de la emigración, aquella de los rusos blancos que tras la cruenta revolución de 1918 arribaron a París para cambiar la vida social de Francia en aquellos locos años 20.

Su Alteza el príncipe Michel Feodorovitch Romanoff de Rusia, siempre “de Rusia” como a él le gustaba apuntar, nació el 4 de mayo de 1923 en el distrito XVI de la ciudad de París, el corazón de la Rusia blanca en la capital francesa, cuando las profundas heridas de la revolución aún estaban muy abiertas en los corazones de sus padres. Como hijo del príncipe Feodor Alexandrovitch y de la princesa Irène Paley, era nieto de tres grandes duques rusos (Pablo, Alejandro y Xenia) y de aquella belleza que fue la princesa Olga Paley por cuyo amor el gran duque Pablo se vio abocado al exilio de la corte zarista.

Por su padre, sobrino carnal del último zar, su alma era intensamente rusa y albergaba esa sazón de testarudez y de grandeza de los grandes duques rusos. Por su madre, la culta princesa Irène, volvía a sentirse Romanoff y se vinculaba al mundo de la cultura, de la crítica inteligente, y la exégesis política y literaria. Sin olvidarnos, por supuesto, de su tía la princesa Natalia Paley, musa de Jean Cocteau y personaje fundamental del mundo del arte y de la moda de la alta sociedad internacional de aquellos años 20 y 30 en París, en Venecia, e incluso en Broadway; o de sus tíos los príncipes Félix e Irina Youssoupoff, figuras fundamentales de la Francia de tantas décadas.

Michel era un hombre de una pieza. Sólido, valeroso, con criterio, gran argumentador, un tanto testarudo pero de amplios criterios morales, poseedor de esa atractiva mezcla de la sangre eslava y de la rica cultura francesa del siglo XX, y gran conocedor de las sinuosidades del alma humana. Príncipe casi a la fuerza, pues no forjaba su personalidad en base a su linaje sino a su propia experiencia de vida, se educó entre Biarritz y París, durante la guerra mundial sirvió en el V regimiento de infantería de París, y desde 1949 hasta 1963 hizo una fulgurante carrera en el mundo de la cinematografía por méritos propios.

Como ayudante de dirección de los grandes del cine francés, pues trabajó con Duvivier, Clouzot, Bresson y tantos otros, y también de algunos del cine americano como Anatole Litvak o Carol Reed, le cupo participar en películas de culto como Las diabólicas, El motín de la Bounty, Las señoritas de Rochefort, La espuma de los días, El salario del miedo, o Anastasia, por solo mencionar algunas. Viajó extensamente, conoció a Simone Signoret, Catherine Deneuve y las figuras punteras del cine francés, fue amigo personal de Tyronne Power y su esposa Annabella, de Ava Gardner, de Yul Brinner y otros tantos, y solía contarme con gusto sus estancias en España a comienzos de los 60 en compañía de Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner, los condes de Quintanilla, y muchos otros de la sociedad española del momento.

En 1958 contrajo un primer matrimonio con la austriaca Helga Stauffenberger, pariente de aquel general que quiso atentar contra Hitler, de quien se divorció en 1992 y con quien tuvo a su único hijo, Michel Mikhailovitch. Años más tarde, ya 1994, pasó a segundas nupcias con la barcelonesa Mercedes Ustrell Cabaní, quien con tanta dedicación y esmero le ha cuidado y atendido en su casa familiar de Neuilly-sur-Seine, a las afueras de París.

Conocí a Michel en el verano de 1979 cuando en el transcurso de una visita a su madre la princesa Paley, en aquella casa de la Rue Chartran tan llena de recuerdos rusos, él me saludó en perfecto catalán al conocer que yo llegaba de Barcelona. Durante años no le vi pero si mantuve relación con su madre a quien volví a visitar en su villa de Biarritz pocos años antes de su fallecimiento. Y allí nos reencontramos pues, como él siempre me dijo, me había heredado de su madre.

Comenzó entonces una amistad de más de 20 años forjada por el afecto, el respeto y los intereses mutuos que nos llevó a compartir momentos alegres y tristes, viajes, confidencias, almuerzos y cenas agradables, batallas a favor del recuerdo siempre olvidado de los Romanoff, y tantas otras cosas de la vida: en Biarritz, en Madrid, en Barcelona, en Sant Petersburgo y, en los últimos años, en su casa de La Escala, en la Costa Brava catalana, donde los caligramas de Cocteau colgaban en las paredes.

Charlábamos, en español, en francés y en inglés con salpicaduras de catalán, sobre los viejos tiempos, sobre cine, y mucho sobre política porque, genio y figura, no toleraba la falsedad, la mentira y el engaño en un mundo de corrupción y engaño político, pensamiento único y globalización. Y, por supuesto, siempre volvíamos a Rusia y a los Romanoff, a esa familia en otro tiempo tan encumbrada a la que tantos dejaron caer en el olvido por desear olvidar las terribles consecuencias de la revolución bolchevique. Rusia, siempre Rusia.

Y allí viajamos juntos en 1997 en compañía de muchos de sus primos y pude sentir su viva emoción y  su sentimiento de impotencia ante el dolor que produce el ser testigo del olvido de la historia. Porque si algo apasionaba a Michel, y fue la lucha de sus últimos veinte años, eso fueron la reivindicación y la dignificación de su nombre, Romanoff, que sentía que tantos habían llenado de oprobio, y el deseo de una auténtica recuperación de la Madre Rusia. Por ello realizó esfuerzos incesantes por reunir a los miembros de su familia dispersos por todo el mundo, en un intento de vivificar la memoria histórica y la significación de una dinastía que dio a Rusia tantos zares y que precisaba de un relevo en las nuevas generaciones.

Buen amigo, y casi padre por virtud del afecto, verlo siempre despertaba ternura y era una gran alegría recibir sus cartas y sus tarjetas con sus últimos pensamientos, recortes de prensa y comentarios agudos y críticos. Dos años atrás ya dejó de venir a la Escala estableciéndose en París por causa de su debilidad física, pues se sentía más seguro allí donde ahora ha fallecido confortado por sus íntimos y negándose a quedar atado a una máquina para vivir unos cuántos días más de aciaga agonía. Tras su incineración, sus restos serán conducidos a la hermosa isla alemana de Mainau, a orillas del lago Constanza, donde yacerá junto a su primo el príncipe Lennart de Suecia, a quien estuvo tan unido durante años, y a sus tíos los grandes duques María y Dimitri Pavlovitch de Rusia. Descansa en paz, amigo Michel.  

Ricardo Mateos Sáinz de Medrano